Expansión transfronteriza: un mal negocio para los bancos sistémicos

Años atrás, estas entidades no atendieron adecuadamente el peligro que encerraba asumir un mayor grado de exposición a posibles contingencias adversas.

La globalización ha sido un factor perturbador que ha trastocado la tradicional percepción del mundo. Sus puntales son la mundialización, concebida como la extensión planetaria de un conjunto de prácticas. Estas se referencian en el desarrollo económico y, consecuentemente, en la organización de un mercado único, caracterizado por el intercambio transfronterizo, el incremento del número de consumidores de los países emergentes y por los distintos métodos orientados a mejorar la productividad y disminuir los costos.

Otro factor de considerable peso se encuentra en el comercio exterior, que hoy comprende el 30% de la producción mundial, cuando una década atrás era del 20% y del 10% hace 20 años. Este dato es relevante para los bancos internacionales que se hacen cargo del consecuente trámite y financiamiento de tales volúmenes.

Se configura, entonces, un vasto movimiento de unificación económica asentado en el desarrollo de la tecnología por medio de procedimientos cada vez más complejos, cuyo ímpetu totalizador, el otro elemento esencial de la globalización, penetra todos los resquicios de la actividad humana.

Si aplicamos estos principios rectores al sistema financiero mundial es posible comprender mejor los acontecimientos que caracterizaron el comportamiento de los grandes bancos que ahora han sido calificados como sistémicos, ya que su caída tiene un efecto desequilibrante de su entorno.

Estos bancos desarrollaron su actividad en el transcurso de las últimas dos décadas sujetos al influjo de las distintas fuerzas que predominaron en cada momento. Al principio vivieron el crecimiento y la euforia previa a la crisis financiera. Luego vendrían el desorden, el control de daños y, finalmente, las medidas tomadas para minimizarlos e, incluso, para sobrevivir.

En la actualidad se observa una mayor presencia de los reguladores y supervisores, una retracción del crédito local, una menguada rentabilidad y, principalmente, una reversión de los procesos de expansión tanto geográficos como los de negocios ajenos al core de la actividad tradicional de intermediación, gestión y agente de pagos.

Asimismo, junto con las multas de los reguladores que sancionan los deslices de un pasado imprudente, cuando no ilegal, se advierten señales de una cierta estabilidad y la creciente certeza de un panorama del sistema bancario más sosegado y de una mayor certidumbre para desarrollar la actividad.

En este contexto, se registra una drástica alteración en el comportamiento transfronterizo de las entidades, especialmente las que hoy son consideradas sistémicas. Quedó atrás un pasado en el cual apuntaban a una expansión en busca de nuevos mercados geográficos en los cuales desarrollar diferentes y nuevos segmentos de negocios. Este apetito por la rentabilidad las embarcó en estrategias apresuradas. No atendieron adecuadamente el peligro que encerraba asumir un mayor grado de exposición a posibles contingencias adversas que no fueron suficientemente apreciadas y se desdeñó el riesgo país, como cuando se colonizaron economías endebles o sujetas a eventuales situaciones políticas o comerciales potencialmente desfavorables.

Así, los principales bancos, especialmente los de la Comunidad Europea, se abalanzaron sobre los Estados Unidos para apoderarse de títulos subprime sin reparar en que sus altas calificaciones fácilmente se podían revelar como totalmente inconsistentes. Con similar apetito, bancos emblemáticos de Holanda, Alemania o Francia sucumbieron a la seducción por la burbuja inmobiliaria española. Otros, como los austríacos y los italianos, se aprestaron para incursionar en los países financieramente inexplorados de Europa Oriental y Asia postsoviética o en las, en su momento prometedoras, economías de Turquía y Grecia.

Durante esta euforia, por ejemplo, los tres principales bancos alemanes, uno de ellos en pleno declive, llegaron a tener dos tercios de sus activos en mercados extranjeros. El transcurso del tiempo dio paso a diversos acontecimientos que demostraron las frágiles bases en las que se asentaron estas tentativas.

Mientras tanto, se había relegado al mercado interno, más conocido y de menor riesgo, o al menos mejor controlado, aunque también de menor rentabilidad. Finalmente, la realidad demostró que el retorno se encontraba por debajo de lo esperado. Recién entonces la obligada reevaluación evidenció la falibilidad de tales empresas, que, junto con otras imprudencias, deslices y aun ilegalidades, dejaron en el camino bancos estatizados o directamente quebrados. Hubo reducciones drásticas de los negocios y de márgenes de rentabilidad, abandono de países, multas por doquier, pruebas de tensión reprobadas o caídas de su cotización bursátil.

Hoy el caudal de las inversiones extranjeras, que muestran ser mucho más cautelosas y al servicio de sus países y de sus propios intereses, se encuentra en otras manos, como las de las entidades canadienses, chinas o islámicas. Otros, como es el caso de Australia, Suecia y otra vez Canadá, superaron las dificultades de los últimos tiempos al afirmarse en sus exposiciones en China y en una activa participación en sus sólidos mercados de commodities.

Además, se ha introducido un principio rector de la actividad mucho más riguroso que en el pasado. El verdadero alud de regulaciones que han debido soportar los bancos, en particular los sistémicos, ha alcanzado la actividad en general, obligando a optimizar la gestión del riesgo, la gobernanza y evitando ciertas imprudencias, al sujetar más firmemente las decisiones en materia de solvencia y liquidez. Así, la ecuación de rentabilidad ha debido tomar en consideración el incremento de los costos y las menores ganancias por la retracción económica, aunque esta haya quedado atrás.

En este nuevo contexto, las entidades proveedoras de fondos deben aceptar plazos de maduración más dilatados, que son los que predominan en las ofertas de bonos soberanos y en el financiamiento de la infraestructura y del comercio exterior. Esto se ha visto corroborado por las investigaciones llevadas a cabo por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco de Pagos Internacionales (BIS) y el Banco Interamericano de Desarrollo, que evidencian un reordenamiento de los flujos de capital que abastecen, a través de la intermediación bancaria, las demandas de las economías de todo tipo de países.

La modalidad que ha tomado esta provisión ha reemplazado los préstamos directos, por definición más inestables, en particular aquellos de corto plazo. Su lugar lo ocupan ahora las inversiones extranjeras directas, cuya volatilidad es prácticamente inexistente, pues apuntan a participaciones accionarias o distintos instrumentos financieros representativos de una propiedad y no de una locación.

Esto ha determinado que, ante la volatilidad de los mercados como consecuencia de los atisbos de una guerra comercial, los inversionistas recurran a la movilidad, a la búsqueda de oportunidades o a la protección de sus carteras, todo lo cual ha beneficiado a los bancos.

En general se puede afirmar que se han recuperado los obstáculos y, consecuentemente, no se ha interrumpido el flujo de la globalización, si bien ahora se identifica con una cautela y adecuación al marco regulador que ha uniformado la actividad y la expansión bancaria en todo el mundo.

Esta estabilidad se ve ahora amenazada desde otro flanco: las nuevas tecnologías financieras. Estas señalan un camino incierto, plagado de dificultades técnicas, comerciales y culturales que deberán ser sorteadas por bancos sistémicos, sinónimo de grandes recursos, pero también de grandes riesgos si equivocan la estrategia de cara al futuro.

Este artículo fue elaborado por Consultores Bancarios Asociados

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