Rediseño de la política económica dejando de lado prejuicios ideológicos – Adolfo Sturzenegger

Adolfo Sturzenegger, economista

Mis expectativas son pesimistas. Existe hoy una tranquilidad cambiaria temporaria fundada en la restricción tanto fiscal como monetaria. En términos de esa tranquilidad, la restricción ha sido exitosa. Pero el problema principal es que ese éxito se logra a costo de una fuerte caída de la actividad económica. Los indicadores a este respecto que se pueden destacar son múltiples: en una comparación interanual, desde un EMI que en octubre cayó 6,8% y un EMAE que cayó un 5,8% en septiembre, hasta una caída en las ventas de automóviles del 45% en noviembre.

Tal caída de actividad implica dos riesgos muy serios para los próximos meses. El primero es fiscal: el déficit en las cuentas públicas puede comenzar a subir porque está cayendo fuerte la recaudación tributaria real (10% de caída interanual en los tributos nacionales en noviembre). Si los gastos públicos reales caen menos que esa recaudación, ese déficit va a aumentar. Este aumento va a repercutir negativamente en la estabilidad cambiaria y financiera. Dado esto, se van a tener que acentuar las restricciones monetarias y fiscales. Un preocupante círculo vicioso de dificultades. El otro es el riesgo político: a medida que la actividad baja se hace más incierto el panorama electoral para 2019. A su vez, aparece mayor conflictividad social. Estos dos aspectos también van a repercutir negativamente en la estabilidad cambiaria y financiera y nuevamente va a ser necesario acentuar las restricciones monetarias y fiscales. Otro círculo vicioso pernicioso.

En el terreno inflacionario la principal cuestión son las inercias inflacionarias. Estas generan varios problemas. Por un lado, hacen muy inefectiva la restricción monetaria para reducir la inflación. Su existencia le exige a la política monetaria una sobreactuación que precipita la caída de la actividad económica. Por otro lado, está la cuestión del tipo de cambio real. Al atraso cambiario del 2001 el mercado lo resolvió de taquito porque hubo una devaluación del 230% a lo largo del 2002, mientras que la inflación fue del 42% en ese año y del 3% en el 2003. Eso sucedió porque la economía estaba impregnada entonces de inercias deflacionarias. Veníamos de cuatro años anteriores sin inflación alguna. Hoy la situación es completamente distinta. El mercado intenta corregir el tipo de cambio nominal pero, a medida que transcurren las semanas y los meses, la inflación va eliminando la depreciación real inicial, con lo cual se debilita la posibilidad de una mejora drástica en la cuenta externa del país por la falta de confianza de los actores económicos en que se sostenga una depreciación real del tipo de cambio.

La existencia tanto de los dos riesgos indicados como de las inercias inflacionarias exige un rediseño de la política económica vigente. Para ello, hay que entender que el objetivo principal de corto plazo de la política económica debe ser intentar salir de la estanflación, la cual lleva ya 7 años de vida. Esto es salir de la angustia de transitar con alta y creciente inflación y salir de la angustia de soportar crónicas tendencias recesivas.

Dado ese objetivo, el primer cambio a concretar es un shock por el lado de la oferta agregada de la economía (supply side economics): este intento se dirige esencialmente a salir de la situación de caída de la actividad económica. Su contenido es conocido, se trata de reducir la carga tributaria neta que soporta nuestro sector productivo privado. De hecho, en los últimos meses esa carga tributaria aumentó y la recaudación real cae. Es que estamos en el lado negativo de la curva de Laffer. El segundo cambio es un shock estabilizador: este intento se dirige esencialmente a eliminar de cuajo las inercias inflacionarias. Para concretarlo hay que actuar con gran pragmatismo, dejar de lado prejuicios ideológicos o doctrinarios. Si es necesario utilizar una combinación inteligente de ortodoxia y heterodoxia, por favor, no dejar de hacerlo.

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