Desafío de la banca en la sombra I

Informe: primera parte

desafio

Los operadores financieros que desarrollan sus actividades por afuera de los circuitos regulados plantean un desafío importante para los bancos de cara a los próximos años. En la serie de artículos que se inicia en esta edición se analiza quiénes son, qué hacen estos operadores y por qué deben ser seguidos con atención por los jugadores tradicionales.

La crisis bancaria y económica que comenzó a manifestarse en el último trimestre del 2007 llevó al centro de la escena una operación financiera a la que se le asignó la culpa de haber sido su detonante. Se trata de lo que ahora se conoce como banca en la sombra o shadow banking, denominación que inicialmente fue acuñada para designar al proceso de titulización de hipotecas subprime utilizado por la banca estadounidense para obtener liquidez, por medio del cual vendía dichas hipotecas a inversionistas ajenos a los circuitos regulados. Luego abarcó toda práctica que recurría a dichos agentes como contraparte.

Hasta entonces, todo aquello que se transaba fuera de la formalidad se lo asociaba a los países que encubrían sus negocios con el secreto bancario o que servían como paraísos fiscales. Luego, el afán de lucro, la desregulación o la imprudencia fueron apropiándose del término, para calificar las actividades desarrolladas por un universo de operadores de distinto tipo que podrían disponer de liquidez abundante, tales como los fondos que actúan en el mercado de dinero y otras compañías y agentes financieros extrabancarios.

También aprovecharon el auge los intermediarios que localizaban y negociaban esas fuentes de liquidez, entre los que hay que incluir principalmente, pero no de manera excluyente, a los bancos que posteriormente serían calificados como sistémicos. La función que cumplían todos ellos era de gestión de los fondos que alimentaban el auge económico mundial. Y la característica esencial de los mismos era su volatilidad, ya que se trataba de imposiciones o préstamos a corto plazo. Estas operaciones eran inestables por definición, lo que se comprobó cuando, ante las primeras señales de alarma, se retrajeron ocasionando serios problemas de liquidez que inevitablemente deterioraron la solvencia de muchas entidades, particularmente en el mundo desarrollado, desestabilizándolas y contagiando a los mercados y a la economía de los países en los que actuaban.

Actualmente, la designación banca en la sombra se ha alejado de una connotación marginal, aunque sigue refiriéndose a todos aquellos operadores que llevan sus actividades y negocios sin un control público e institucionalizado, con el objetivo de actuar como intermediarios financieros para quienes, por distintas razones, no acceden a la banca tradicional.

Tal es la diversidad, cuantía y objetivos de este nuevo sistema que, para entenderlo mejor, necesita clasificarse. En primer lugar, aún perduran ciertas transacciones de contornos imprecisos, concretadas en ubicaciones que pueden asimilarse a las “cuevas” autóctonas, aunque con una imagen más esplendorosa, ya que se realizan en los hoy un tanto deslucidos Zurich o Wall Street. Todo es oscuro, con distintos grados de licitud, tanto por parte de estos intermediarios como de quienes acuden a ellos.

En una zona más visible encontramos a los bancos que han recibido la atención de la burocracia reguladora internacional que ha circunscripto su libertad anterior. Así, se ha sucedido una abrumadora serie de documentos prudenciales que han limitado las posibilidades de interactuar con algunos tipos de entidades pertenecientes a la banca en la sombra. Por lo tanto, se han restringido los apalancamientos excesivos, se endurecieron las exigencias de capital con el fin de robustecer su volumen y consistencia y se establecieron pautas y controles sobre la estabilidad de los depósitos y la gestión de la liquidez.

Aun así, si se toma en cuenta toda la gama de posibilidades, según considera el Financial Stability Board (FSB) al redefinir la tipificación de la banca en la sombra, la actividad que desarrolla presenta un volumen apabullante. Según el Monitoring Universe of Non-Bank Financial Intermediation (MUNFI), dependiente del FSB, en 2015 habría registrado transacciones por cerca de 75 billones de dólares. Asimismo, las autoridades económicas de la Unión Europea estiman que el sector administra recursos que representan más del 25% del total gestionado por el sistema financiero mundial.

Estas cifras no sólo incluyen la actividad financiera antes descripta, sino también a las intermediaciones ejecutadas por las genéricamente denominadas empresas fintech que, de la mano de la tecnología informática, se han volcado a ofrecer créditos y fondos a pequeñas empresas, emprendedores, tomadores de préstamos personales y proveedores de crowdfunding. A ellas, hay que agregar los retailers y los proveedores de servicios tecnológicos y medios de pago. Todos proporcionan accesibilidad, rapidez, menores costos y trámites. En fin, todo lo que la banca tradicional debe recuperar para evitar el éxodo de sus clientes.

Estos operadores han experimentado una acelerada expansión en los Estados Unidos, que los ha llevado a aumentar mayoritariamente su participación en este tipo de negocios. El mayor volumen por ahora lo ocupa el financiamiento corporativo, provisto de inagotables disponibilidades monetarias, cuyo origen se encuentra en los fondos jubilatorios, los de cobertura y los mutuales, junto con las aseguradoras y las llamadas trust companies, denominación que abarca otras actividades además de las que realizan los fideicomisos locales. Todos ellas buscan optimizar el rendimiento de sus activos y de los flujos de fondos que gestionan.

Estas entidades satisfacen la demanda originada en los proyectos de infraestructura u otros emprendimientos que requieren un suministro de fondos de largo plazo y ofrecen facilidades e idoneidad para la negociación de bonos y acciones, además de concretar operaciones con opciones, futuros y commodities, sin dejar de lado el asesoramiento y el soporte crediticio en las fusiones y adquisiciones.

Este segmento, también llamado mayorista, coexistía con las entidades sujetas al imperio del Comité de Basilea sin mayores inconvenientes y ahora deben someterse a severas restricciones que han encarecido su costo operativo, reducido su capacidad crediticia y trabado la libertad anterior que permitía negocios que llegaban a estar en el borde de lo admitido por una gestión prudente de los riesgos. Esto explica la declinación general de los negocios, en especial los de la banca de inversión, que era monopolizada por entidades especializadas y por los nombres emblemáticos de los megabancos.

Por ello, la banca tradicional debería ver con interés o preocupación el intento de democratizar ciertas operaciones, para ver si pueden dar cabida a sus excesos de depósitos sin destino crediticio, sin límite al apalancamiento, sin riesgo de liquidez y al menor costo posible.

Es en la banca retail, en los préstamos colaborativos y de menor cuantía y en los peer-to-peer (entre pares o P2P) o marketplace lending (como ha sido llamado ahora) donde la irrupción de nuevos participantes ha provocado una notoria transformación, por cuanto amenazan operaciones básicas como las transferencias, los pagos, los créditos menores y la gestión de las inversiones. Todas estas operaciones deben enfrentar agresivos ataques de aplicaciones móviles, tarjetas contactless, wallets o sistemas como PayPal.

Esto se debe a que los consumidores, que coexisten con estas novedades ya omnipresentes entre los jóvenes y los países emergentes, se han volcado a procedimientos fáciles de usar, rápidos y disponibles en todo momento, los que, siguiendo el paradigma actual del marketing, les proporcionan una “experiencia positiva”.

En la próxima edición se verá el escenario en el que actúan las empresas fintech y el desafío que representan para la banca minorista institucionalizada.

Este artículo fue elaborado por Consultores Bancarios Asociados

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