En años no electorales la opinión pública tiene menos poder

Por Shila Vilker, investigadora, analista de opinión pública, directora de la consultora Trespuntozero.

Lo que domina el panorama es la incertidumbre. ¿Qué fechas signan el futuro nacional? Por un lado, los vencimientos y la necesidad de acuerdo con el FMI y, por otro, los tiempos electorales. Los primeros abren un período corto, en poco menos de tres meses hay que discutir un plan plurianual, aprobar el Presupuesto 2022 y pasar por el Congreso un plan que satisfaga expectativas sobre gasto, recaudación y refinanciamiento.

Diciembre, enero y marzo serán meses agitados. Sobre todo porque este tiempo corto no deja de estar enlazado con el tiempo electoral, el 2023. Los acuerdos posibles tendrán que tener en cuenta la presión de la demanda electoral de cada espacio.

La demanda electoral más dura del oficialismo ve en la idea de ajuste un hecho maldito; la demanda dura de la oposición premia a las figuras intransigentes, radicalizadas y menos dialoguistas. Son los límites que cada coalición tiene para encontrar un punto común de acuerdo. Ni lo uno ni lo otro son buenos augurios para el encuentro entre las partes. Pero en años no electorales la opinión pública tiene menos poder.

Los resultados electorales pusieron en evidencia la fuerza que tiene la grieta, aún en retracción. Los núcleos duros no son objeto de campaña pero son la potencia de cada coalición y lo que las mantiene vivas. Una especie de centro gravitatorio que termina arrastrando a los electores blandos, aquellos cuyas adhesiones son más lábiles y su agenda más pragmática.

Estos segmentos, los blandos, tienen demandas claras en lo económico y un poco menos en lo político. Controlar la inflación, crear empleo, mejorar el poder adquisitivo. Sobre los políticos, oscilan entre la suspicacia y la expectativa, no les queda otra.

Oportunidad para nuevos liderazgos

Muchos empiezan a ver que los que gobiernan, o han gobernado, se parecen. Esto explica, en parte, el crecimiento de la izquierda, la aparición de figuras y discursos “anticasta”, además de los resultados de algunos outsiders, entre los que deberíamos contar a Facundo Manes. Las migraciones hacia la izquierda (del voto oficial) y hacia los libertarios (del voto opositor), en alguna medida, indican el desgaste que vienen sufriendo las ofertas establecidas, azules y amarillas, y un límite a su capacidad para mover al voto.

Las escenas de incertidumbre se abren como una oportunidad para los nuevos liderazgos. El clima de época pide orden en lo social, punitivismo en lo securitario, rumbo y previsibilidad en lo económico.

¿Sigue siendo la justicia social algo aglutinante? Si, ciertamente, pero ya no tiene la energía que tuvo en otras épocas. Se ha convertido en un statement partidario: los peronistas tienen la justicia social; los cambiemitas, la lucha anticorrupción; los libertarios, la consigna anticasta y libertad; y la izquierda el rechazo al ajuste. Multiplicidad de demandas y dificultad para encontrar un denominador común para la nación. La fragmentación prolifera tanto como la disputa por los nuevos liderazgos cuando la incertidumbre se intensifica.

En el despeje de la incertidumbre económica y en los límites de los acuerdos posibles veremos consolidarse o desvanecerse los nuevos liderazgos que se insinúan al interior de cada coalición. Esto signará el 2022.