Impulso a la inclusión financiera y la bancarización

El acceso a los servicios financieros aumenta la calidad de vida de los sectores más desprotegidos.

La búsqueda de una mayor expansión y profundidad del universo de consumidores de productos y servicios financieros suele denominarse, indistintamente, como inclusión financiera o bancarización. Sin embargo, conviene diferenciar estos conceptos, ya que en el primer caso se orienta hacia aquel que no recurre a ninguna práctica financiera institucionalizada, con el objetivo inicial de aproximarlo a la entidad bancaria tradicional, o similar, o a los nuevos medios tecnológicos de pago que ofrecen ciertas empresas comerciales y de telecomunicaciones y, en cambio, la segunda debería aplicarse a aquellos que se encuentren ligados formalmente a algún tipo de institución pero demandándoles sólo las prestaciones transaccionales básicas, sin utilizar, por diversas razones, la gama de productos propia de los países desarrollados, por lo que es necesario promover un mayor uso.

Ambos conceptos son herramientas que han aplicado la mayor parte de los países con un grado aceptable de estabilidad, tanto socioeconómica como política, para impulsar el desarrollo y ayudar a los sectores sociales menos favorecidos a superar sus limitaciones, al ampliar los beneficios de los que pueden disponer, además de las ventajas que esto tiene para las autoridades.

Es decir que se pretende que por su difusión se reduzca la pobreza, la desigualdad de género, se fomente el ahorro y la previsibilidad para afrontar circunstancias adversas. Se afirma que incluso reduciría la corrupción.

Con este fin, se desarrollan programas que apuntan a difundir el dinero móvil, los pagos digitales, el uso de tarjetas de pago, aumentar la oferta de crédito, ampliar la cantidad de puntos de atención bancaria y extender el uso de las transacciones bancarias. Tales objetivos suelen ser promocionados con tal énfasis que, poco más o menos, se los considera algo así como una panacea universal, siempre y cuando esas metas sean alcanzadas.

Los proyectos desplegados para lograr tal fin son innumerables y reciben el beneplácito del más alto nivel. En efecto, la Organización de las Naciones Unidas los ha incorporado como uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y le ha encargado a la Reina Máxima de los Países Bajos, como asesora del Secretario General, la responsabilidad de promover las finanzas inclusivas para el desarrollo. Esta, a su vez, ha sido designada Presidenta Honoraria de la Alianza Global para la Inclusión Financiera, organismo integrante del G20.

Por su parte, el Banco Mundial, montado en el auge de la telefonía celular, se ha propuesto –con cierto optimismo, por cierto– alcanzar la inclusión financiera universal para el año 2020.

Para señalizar el derrotero ha tomado a su cargo la elaboración y mantenimiento de una hoja de ruta, bajo la forma de una encuesta denominada “Global Findex 2017: medición de la inclusión financiera y la revolución de la tecnología financiera”, que ilustra sobre las modalidades que en el mundo se utilizan para ahorrar, pedir préstamos, realizar pagos y gestionar riesgos. Se trata de la última versión de una iniciativa del año 2011, que se repitiera tres años después.

Dicha actualización constituye la base de datos más completa y abarcativa de las 53 distintas facetas que presenta este asunto, al recopilar las respuestas recogidas en 144 países.

El “Grupo de investigaciones sobre el desarrollo” del Banco Mundial, con la colaboración de otras instituciones y agencias internacionales involucradas en estos asuntos, estuvo a cargo de la definición del cuestionario y la interpretación de los datos obtenidos. Los aspectos técnicos fueron encargados a Gallup y el respaldo económico para concretar una tarea de tal magnitud fue provisto por la Fundación Bill y Melinda Gates.

Las principales conclusiones evidencian un sostenido incremento de los servicios financieros, en primer lugar los digitales, pero también a través de la apertura de una cuenta en una entidad bancaria o similar, una institución dedicada a las microfinanzas o un proveedor de medios de pago o de banca móvil, tanto por canales presenciales como virtuales. Se estima, entonces, que un 69% de los consultados mantiene algún tipo de cuenta, porcentaje que llega al 94% en los países de altos ingresos.

Sin embargo, todavía alrededor de 1.700 millones de adultos permanecen excluidos, los que, como es de esperar, se distribuyen en los países en desarrollo, ya que la titularidad formal es prácticamente total en el primer mundo. La inferencia resultante comprueba que los no incluidos tienen un menor nivel educativo, ya que dos tercios carecen de instrucción primaria, mientras que en los países desarrollados esa proporción es del 5%.

También se observa la incidencia de la pobreza. En el 60% de los hogares más ricos, el 74% tiene una cuenta, y el 61% la tiene en el restante 40% de los hogares más pobres. Esta proporción asimismo se repite entre los jóvenes y los desocupados.

Estas conclusiones, junto con muchas otras, son las que sostienen y reafirman que la bancarización y la inclusión financiera aumentan la calidad de vida de los sectores más desprotegidos ya que favorece la asunción y manejo del riesgo crediticio, mitiga los efectos de las emergencias, administra mejor los recursos familiares, promueve el ahorro, reduce los costos y la desigualdad de género.

Todas estas afirmaciones son corroboradas por las cifras y porcentajes que ofrece la encuesta, cuyo volumen y minuciosidad resulta abrumadora para una lectura apresurada, pero que es sumamente valiosa para elaborar, a nivel nacional, un plan de acceso e integración a los servicios financieros.

Respecto a las razones que impiden o dificultan el acceso de los excluidos a los servicios financieros, la mayor parte expresó que la principal imposibilidad reside en su pobreza, que hace que manejen muy poco dinero. Otros señalaron razones de costo o dificultades de distancia, culturales o de acceso a los medios que harían posible la relación.

Otros de los motivos esgrimidos fueron: que un miembro de la familia ya tiene una cuenta, la imposibilidad de cumplir con los trámites y requisitos exigidos por los bancos, el desconocimiento, la desconfianza y el temor a la identificación fiscal. Y hubo un 6% de los encuestados que adujo motivos religiosos.

Acá aparece un factor que resulta ineludible para el buen fin de cualquier proyecto: se trata de concebir a la educación como el instrumento fundamental tanto para la inclusión como la bancarización. Todos los demás aspectos deben armonizar con este concepto.

La próxima entrega se referirá al aporte recibido de los avances de la tecnología informática y de las comunicaciones para promover la inclusión financiera. Además, se mostrarán algunos datos de la encuesta que se refieren a nuestro país y la necesidad de elaborar un plan educativo y de incentivos bajo la tutela estatal al que se integre la actividad privada.

Este artículo fue elaborado por Consultores Bancarios Asociados.

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