Llevamos diez años de estancamiento

Por Guido Lorenzo, director de LCG Consultora

 

La economía en el 2021 funcionó en modo “recuperación” en el sector real. Se está consolidando la recuperación de lo que se perdió en 2020. Sin embargo, se siguieron sembrando algunos desequilibrios que quedan como desafío para 2022.

La corrección fiscal fue parcial, porque lo sanitario fue más importante que lo que podía pasar en las cuentas públicas.

De todas formas, todavía hay pocos avances porque, si bien en la economía real se verifica una recuperación, en la parte monetaria y financiera se acumulan un exceso de oferta de pesos y un exceso de demanda de dólares que reflejan la desconfianza en la capacidad del oficialismo actual de llegar a buen puerto.

En 2020 hubo algún avance con la reestructuración de la deuda con los privados. Pero en 2021 se perdió tiempo para encaminar un acuerdo con el FMI. Asusta la idea de estar dos años negociando para un acuerdo que no va a durar lo que tardó la negociación.

Para el 2022 el principal desafío es recomponer la confianza y cerrar la negociación con el FMI. No hay divisas para llegar más allá de febrero y marzo. Pero no es una condición suficiente. Se cree que el acuerdo con el FMI va a poner la senda del crecimiento, pero es apenas una condición necesaria para que la economía no escale en una inestabilidad financiera que derive en una crisis cambiaria o, incluso, bancaria.

El 2022 va a ser un año bisagra. Posiblemente la recuperación se vea ralentizada. Hay que tener en cuenta que, de fondo, la economía entre 2019 y 2021 no cambió mucho. El 2022 no va a ser la excepción. Vemos una recuperación, pero no vemos que se puedan mantener tasas de crecimiento sostenibles porque no hay condiciones diferentes a las que estaban antes de la pandemia. Llevamos diez años de estancamiento.

 

Convergencia fiscal y responsabilidad monetaria

 

El acuerdo con el FMI, como cualquier acuerdo, apuntará a una mayor convergencia fiscal y algún tipo de responsabilidad y pluralidad de la parte monetaria. Pero eso no lo presta el FMI, hay que ganarlo con disciplina. Lo que va a faltar es la credibilidad, que es lo que se gastó en los últimos dos años. Van a tener que demostrar credibilidad cumpliendo lo acordado y eso frena el crecimiento.

El Gobierno va a tener que enfrentar una trade off entre ganar credibilidad o consolidar el crecimiento y eso plantea el riesgo de convivir con la inestabilidad. Las reformas básicas que propone el Fondo, sin entrar en las estructurales, atentan más contra el crecimiento que lo que lo favorecen.

Cuesta pensar cómo va a ser la política económica en 2023. Estaremos viendo si para el acuerdo fiscal lo que pase en 2022 habrá sido insuficiente o, incluso, si será necesario abandonar un poco la disciplina con los organismos internacionales y mirar más bien los objetivos locales. Eso no se va a resolver en esta negociación, sino que será un tema que se irá resolviendo en los próximos años.

Si hay un acuerdo, eso implicará que tarifas y tipo de cambio no se atrasen más de lo que plantea un piso de inflación del 60%. Las restricciones actuales ya plantean un 3% mensual de inflación. Si se liberan anclas, entonces pasará a un 4% mensual que, anualizado, llega al 60%. El desempleo todavía se sostiene en dos dígitos. Los niveles de actividad volverán a los niveles previos, que ya eran bajos, y difícilmente podrá reducirse el desempleo por debajo del 9%.

Argentina acumula superávit comercial pero no se traduce en un balance cambiario. La brecha alta hace que esas divisas no se materialicen como acumulación de reservas. Ni siquiera se garantizan en el balance comercial cambiario. Vamos a seguir con ese superávit algo más acotado porque en toda recuperación habrá un aumento de importaciones. Eso es lo bueno del modelo, que de no consolidarse plantearía la necesidad de un requerimiento mayor de divisas.