Desafíos de bancos en la era digital I

La irrupción de Internet y de las nuevas tecnologías plantea un escenario de cambios en los negocios y los procesos, al cual las entidades tradicionales deberán ir acomodándose. En la serie de artículos que se inicia en esta edición se analizan estas nuevas tendencias y las soluciones que algunas instituciones vienen ensayando frente a ellas.


Las secciones de economía y finanzas de los medios o las publicaciones técnicas especializadas abundan en notas, informes y noticias que invariablemente incluyen una predicción o novedad sobre las tendencias a las que obligadamente deberán sumarse los bancos para afrontar el futuro con alguna posibilidad de éxito. Así, se opina sobre los nuevos modelos de sucursales, mobile, omnicanalidad, cloud o artilugios que reemplazarán el efectivo. Y la presión no solo proviene de la tecnología o la informática, sino que también de la regulación, que agobia a los bancos sistémicos; o de los planes de negocios, que deben elegir entre la banca universal o la segmentación.

Sin forzar demasiado la analogía, se puede comparar la actual situación del sistema bancario global, en el que irrumpe la transacción virtual, con la posibilidad de acceder a libros y medios periodísticos a través de dispositivos electrónicos y móviles. En este caso, las estadísticas usadas para orientarse provienen de una única fuente confiable como lo es la propia industria editorial. Así, en los Estados Unidos la facturación electrónica alcanza el 25% de las ventas, mientras que en España solo llega al 6%. Entre nosotros, las editoriales informan que solo un 1% opta exclusivamente por ese formato, mientras que el 7% recurre a ambas disponibilidades. Esto, sin duda, se debe a que el mercado sin papel aún no está suficientemente maduro o porque los lectores no quieren renunciar a la experiencia visual y sensorial de la lectura tradicional.

Es sencillo aplicar los conceptos de librería, e-book o drone a los bancos, transponiéndolos a smartphones, sucursal o sello de cajero. Se puede comprobar que en cada caso no es fácil augurar cual será la tendencia que finalmente prevalecerá, por lo que se está ante un claro ejemplo de final abierto.

En ese sentido, de poco ayuda la historia, pues si se recurre a otros ejemplos se observa que en algunos casos la novedad sustituyó de inmediato a las condiciones anteriores, pero en otros, la innovación se extinguió sin dejar rastro de su paso o directamente representó un sonado fracaso. Sin embargo, a veces el producto o servicio amenazado supo transformarse, incorporando la innovación a la estructura previa y perfeccionando la prestación anterior.

Ahora bien, en la industria bancaria si bien éste parece ser el mejor camino, las cosas se complican un tanto. Es evidente que los bancos se están modificando, pero la pregunta es: ¿en qué? Si se acepta que el futuro digital es ineludible surge otra cuestión: ¿en qué proporción? Si no se acierta con la respuesta, se corre el riesgo de convertirse en una commodity o en un simple punto final de una cadena de valor, reducida su misión, y no en todos los casos, a un gestor de pagos.

Ante ese escenario en plena transformación, es imprescindible comenzar a bosquejar un camino hacia el futuro, por más que éste muestra tendencias que a veces resultan confusas o directamente antagónicas. Los bancos enfrentan un panorama de cambios en los negocios y los procesos, ante el cual, para no extraviarse, conviene no preocuparse tanto en el “qué” sino en el “cómo”.

En primer lugar, no es posible confiar plenamente en los datos, encuestas y estadísticas pues éstas provienen de fuentes distintas pero siempre sesgadas, en respuesta a intereses particulares o sectoriales. Así, quienes defienden los medios de pago contactless informan que en Finlandia o Suecia las operaciones son 80% virtuales, y solo un 20% o menos en efectivo. Por el contrario, en otros países se da la situación inversa, ya sea por razones culturales o por un atraso tecnológico. En ambos casos las propuestas para facilitar la transición de sistemas y equipos son abrumadoras. Por su parte, algunos académicos favorecen la realización de estudios para eliminar gradualmente el uso del papel moneda.

Otros van más allá y preconizan el uso de monedas electrónicas, ya sea administradas centralizadamente, como Facebook Credits o Amazon Coins, o descentralizadas, como Bitcoin, Litecoin, Peercoin y tantas otras; aunque este tipo de registro no sería inmune a la inquisición fiscal ni a los riesgos.

Por otra parte, se observa una tendencia a interponer una serie de requisitos a la recepción de ciertos depósitos, lo que obviamente comprende la prevención del lavado de activos ilícitos pero que va más allá y en otra dirección. Se trata de algunos tipos de depósitos mayoristas cuya cuantía puede atentar contra el riesgo de concentración, al depender en demasía de pocas fuentes de fondeo. Otra restricción se refiere a los de corto plazo, ya que complican el cumplimiento de la nueva relación técnica denominada Coeficiente de Financiación Estable Neta (NSFR), que fomenta la estabilidad y permanencia de los depósitos. Por consiguiente, esto puede excluir los siempre cuantiosos y disponibles aportes de los fondos de cobertura o de la banca en la sombra, volátiles por definición.

Desde otra perspectiva, entre otros, JP Morgan Chase, los bancos daneses, Suiza o el Banco Central Europeo impulsan a la baja las tasas que percibe un depósito hasta convertirlas en negativas, lo que vuelve eficiente mantener los billetes bajo una custodia propia.

Asimismo, no hay que menospreciar el impacto del control fiscal de los asuntos financieros de los ciudadanos por parte de los gobiernos, que claramente atenta contra el uso del sistema bancario y termina favoreciendo al efectivo como la mayor defensa para prevenir un procedimiento que algunos no dudan en calificar como una exacción. También es una manera de eludir la consecuencia de las crisis que clausuran el acceso a los fondos depositados.

Y ésta es solo una de las facetas del negocio bancario. Si vemos el revés del asunto nos encontraremos con bancos que ofrecen a sus clientes el otorgamiento de créditos on line para contrarrestar la ofensiva de empresas comerciales que eluden la intermediación regulada y recurren al peer-to-peer, es decir, la relación financiera directa entre personas, ya sea con créditos directos o como agentes del crowdfunding. Este tipo de negocio, ahora denominado marketplace lending, es aquél donde el intermediario cobra una comisión, sin asumir el riesgo de crédito, evitando así las siempre temidas crisis de liquidez y de solvencia y las agobiantes pero ineludibles regulaciones.

Esto, que puede alarmar a un banquero tradicional o al Comité de Basilea, no deja de tener su atractivo, ya que si todos los préstamos minoristas se canalizaran por medio de este procedimiento, ante la próxima crisis, los bancos no quebrarían ni el contagio endémico prosperaría. Al respecto, conviene recordar que, para ciertos países, un préstamo minorista puede ser un financiamiento a una pequeña empresa cercano al millón de dólares. Es decir que todo es relativo y sujeto al tamaño del país o de su sistema financiero.

En ese creciente segmento aparecen también competidores como lo son los retailers, las megaempresas tecnológicas o las fintech, asentadas en sus incontables seguidores cautivos, al igual que aquellas comercializadoras y retailers que venden y cobran sus productos recurriendo al sufijo “pay”. Ante esto, ¿los bancos deben aliarse o competir?

Así, Alibaba, ya conocida por su servicio de pagos virtuales Alipay, anunció el lanzamiento de MyBank, su banco on line orientado a ofrecer créditos de hasta 100.000 dólares, bancados por inversiones de pequeños ahorristas no superiores a los 40.000 dólares. De más está decir que en esta empresa proyectan incursionar en el mercado de seguros. No se quedan atrás Google, con el Google Wallet, operativo desde hace ya tres años; o Apple, con su Apple Pay. Tampoco Facebook, cuyos planes anunciados se orientan a diversificar su modelo de negocios, explotando comercialmente su enorme audiencia, para lo cual ya ha requerido una licencia bancaria, apuntando entonces a una institucionalización de sus prestaciones financieras.

La próxima edición se referirá a otros aspectos del nuevo tipo de competencia que enfrentan los bancos y de las demandas de la Generación Y.

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